20 de abril de 2018

Capìtulo V. RECETAS DE MAGIA BLANCA Y DULCE. La cocina y la música

La cocina y la música
El abuelo Jencaaz posee una biblioteca respetable de libros. Los ha atesorado por años. Ahora se dispone a que su nieta Agloj, se apropie de ellos cada día más. En algunos de los libros científicos encontró que en el sabor de las comidas, el olor cumple una función importante. Es más, ella con asombro y cierta duda recuerda haber leído que el 60% del sabor de las comidas lo aporta el olor. El cerebro es el que se encarga de conjugar ambos sentidos en uno solo.
 – ¡Es  por eso que cuando una tiene gripe, la comida no sabe a nada!, llegó a decir.

Pero hoy tiene otra duda, ¿será que el sonido, al igual que el olor, tiene que ver con la comida? Con su duda entre los dientes, fue que corrió hacia su abuelo mago:

-Abuelito, ¿será que el sentido de la audición también tiene que ver con los sabores? Quiero decir, más que el sonido, ¿quizá la música tiene que ver con los sabores de la cocina?, preguntó

-Querida Agloj te voy a responder con una pregunta, y tomándola de la mano ambos caminaron por el corredor hasta el patio. El patio era grande y estaba verde por las lluvias.

 A Agloj le enamoraba el sonido de la lluvia sobre el metal, que se convertía en una letanía sin fin, pero que era como música para sus oídos (Aun no sabía la razón de qué le gustara). También lo llegaba a asociar con la tierra recién mojada. Al terminar el patio, había un potrero, donde el abuelo Jencaaz tenía 20 vacas que le daban leche para sus preparaciones.

-¿Qué ves?, preguntó

-Veo tus vacas, dijo. –Hay vacas blancas, negras y pintadas.

-¿Y has visto como las ordeñan en la madrugada?, preguntó

-Si abue. Los ordeños son cantados. Cada vaca tiene un nombre y el que ordeña la llama por su nombre y le canta durante el ordeño

-Que buena observadora eres, dijo. –Ahora bien, tú qué piensas: ¿Sabrá igual la leche de ordeño con canto que la realizada por una máquina?, dijo interrogando

-Creo que debe saber mejor la leche que se tiene del ordeño cantado. Me imagino que la vaca se relaja y se conecta con las emociones positivas del que canta. Yo creo que cantar y bailar, tienen que producir emociones positivas. Desde ese sentimiento seguro habrá diferencias, dijo

-Exacto querida Agloj. La música potencia las emociones y desde allí, los sabores, apuntó sonriendo. –¿Y qué otro momento de la cocina recuerdas que tenga que ver con la música?, volvió a preguntar
-Pues creo que cuando se pila el maíz, las mujeres cantan también. El canto marca el tiempo en cada mujer, y así, aprisionan los granos, dijo sonriendo

-Pues también es un buen ejemplo. El maíz pilado entonces es capaz de contar historias; aquellas que se contaron pilando, dijo

-Yo te he visto hablándole a las hortalizas del jardín y a veces te he visto cantar, ¿También tiene que ver?, preguntó

-Eso no se trata de creer o no creer, sino de sentir o no sentir. Al final, en el canto, se construye el cantor, y un mejor cantor seguramente, al ser más feliz, producirá mejor cosecha, que a la postre, sabrá mejor, completó diciendo

-¿Qué canción de la infancia recuerdas abuelito?, pregunto Agloj

-Cuando era muy pequeño por 1963, mi madre, tu bisabuela, escuchaba en la radio la misma canción que repetían cada 5 minutos. Se llamaba magia blanca, y en la respuesta el abuelo canto una estrofa:

“Magia blanca tú tienes, me has hechizado a mí 


Con tu mirada coqueta, con tu manera de hablar 


Cuando pasando caminas, todos te admiran a ti 

Porque eres así, fíjate en mí, no me hagas sufrir 

O magia blanca, magia blanca, que te embrujo 

Magia blanca tienes tu, me haces llorar, con tu castigar “ (Trio Venezuela, 1963)



-¿y que sientes cuando la cantas?, preguntó

-En este caso, una canción es capaz de conectarte con los más profundos y queridos recuerdos; algunas veces un poco olvidados. A traerlos de vuelta, regresan con las querencias, las emociones y sentimientos. Es  una evocación que nos conecta con lo que nos pertenece, lo que nos hace ser lo que somos ahora. Cuando cocinamos recetas de familia, las que nos constituyen, tenemos que conectarnos con los recuerdos y desde allí, con los olores, los sabores y las canciones, completo diciendo

-¿Y a que te sabe tu canción?, increpó al abuelo

-Pues sabe a auyama. Mamá hacia puré de auyamas y luego hacía un pie o una torta. A mí me gusta más la torta, dijo. Y continuó. –Ella cocinaba la auyama con la concha hasta ablandar. Como medio quilo. Luego lo pasaba por la licuadora o el pasa puré. Para esa cantidad, agregaba una taza de leche, una taza de azúcar, más cinco cucharadas de leche en polvo. Cinco cucharadas de maicena y dos tazas de harina cernida. Con las harinas, mezclaba una cucharadita de polvo de hornear y una de bicarbonato. También le agregaba, como a la torta de zanahoria, una cucharadita de canela, una de jengibre y un tercio de clavos de olor con un chorrito de vainilla.  Es difícil repetir las recetas de otros, continuó agregando. –Cada quién cocina bajo lo que es y lo que siente, y seguramente será distinto de otra persona. Lo que buscamos como magos dulces, es la esencia, a aquello que nos conecta desde el amor, a los orígenes y desde allí, al amor hacia otros, continuando la cadena sin fin. Así también es la magia blanca y dulce…


Y es así como Agloj, escribió en su diario, de cómo la música también tiene que ver con la cocina…

Alberto


Fuente de la foto: inspirulina.com

13 de febrero de 2018

Capítulo #4. Recetas de magia blanca y dulce

Cascos de naranja, o las cuatro formas de volar

Un día cualquiera, pero sin dudas que era ese día, Agloj, la maga blanca y dulce se encontraba sentada en la puerta de la casa. Estaba un poco pensativa y hasta pudiera decirse que estaba triste. Su abuelo Jencaaz, que venía del huerto, le preguntó:

                     -Querida nieta, ¿qué te pasa hoy?, te veo triste

                -Si, estoy un poco confundida. He tratado de hacer un dulce de cáscaras de naranja que me enseño la Tía Maruja, pero no hay forma de quitarle el sabor amargo. He probado con todo lo que ella me dijo y no obtengo ningún resultado, aclaró a su abuelo

                -¿Qué has averiguado de los sabores, sabes cuantos son más o menos?, preguntó cariñosamente el abuelo mago

                -Me encanta el dulce. Entiendo del uso de la sal para resaltar los sabores, conozco el ácido de las frutas, (que a veces decimos que están dulces), y entiendo el amargo, pero no se para que existe, dijo

                -Tu conoces el chocolate, ¿sabes que viene del cacao? El sabor del cacao es amargo y sin embargo se puede hacer un dulce maravilloso con el, que es el chocolate. También conoces el café que es amargo también. Algunos lo endulzan para beberlo aunque podemos conseguir sensaciones maravillosas tomando el café amargo, si nos acostumbramos. ¿Por qué debemos pensar en que las cosas sean distintas a lo que son? La cáscara de la naranja es amarga. ¿Qué puedes aprender del chocolate y el café?

                -Que sabio eres abue. Si hago las cosas siempre de la misma forma, no puedo obtener resultados distintos. Debo ver que estoy haciendo igual. Ya veo que no se trata de cambiar a la naranja, sino de hacer cosas distintas con el amargo, así como el cacao y el café, respondió

                -Exactamente, lo has dicho desde lo que ves y lo que sientes, no desde lo que dicen o lees, dijo. -Te voy a dar un libro que era de tu mamá, yo creo que tienes edad para tenerlo y cuidarlo. Ahí vas a conseguir todo lo que quieres saber de ella y que me has preguntado; es su diario, escrito como recetas de cocina, le dijo

Agloj no pudo decir palabras y siguió a su abuelo hasta el estudio. Generalmente estaba cerrado pues los animales de la noche suelen hacer travesuras y se comen todo lo que sea de papel. Se ha visto que hasta escriben ideas sobre ellos, perdiendo su contenido.

En el estudio había un viejo baúl, de esos que parecen que se traían los inmigrantes de Europa con las pocas cosas que llegaban a salvar. Era negro, reforzado en sus bordes con chapas de hierro dobladas en ele, pero ya con la marca y el óxido del tiempo. No se veía bien de que era, pero parecía de madera pintada ya un poco descolorada y desconchada. En la tapa, tenía un gran candado gris, donde se apreciaba el hueco de la llave, por lo grande. Era de esos candados de acero, difíciles de abrir. El abuelo Jencaaz se descolgó del cuello una cadena que en su extremo tenía una llave. Así abrió el viejo candado. La tapa de la maleta crujió como si despertara de un viejo y largo sueño.

En el interior de la maleta habían muchas cosas que Agloj se apuró a ver, pero que con el mismo apuro, su abuelo retiró un viejo libro y cerró la tapa colocando nuevamente el candado. El libro era grande, como los que se usan para escribir magia. Estaba empastado en cuero, con adornos labrados en color dorado. En la portada tenía un marco de plata con filigrana muy delicada y en el centro del marco se observaban dos letras entrelazadas: una M y una T.

                -MT, así se llamaba mi mamá, dijo asombrada

Las manos le temblaban cuando recibió de su abuelo el diario. Era pesado como los dos kilos de naranja que tenía en la cocina para hacer el postre. El libro estaba cerrado y tenía una aldaba plana, también de plata con dos agujeros que calzaba en dos puntas de la contratapa. Los separó y abrió la primera hoja…

                -“Las cuatro formas de volar”, leyó en español.

No había dibujos, ni recetas sino una frase que parecía un poema:

Dolĉa, kiel mielo, serĉu la kolibro
saleta, kiel la maro, serĉante la blankan pelikinon
acida, kiel citrono, serĉas la Turpian
maldolĉa, kiel kakao, serĉas la sciuron

Agloj sabía que había aprendido de su madre este idioma extraño y mientras pasaba sus dedos por cada letra, pudo entender lo que estaba escrito:

Dulce, como la miel, busca al colibrí
Salado, como el mar, busca al pelícano blanco
Ácido, como el limón, busca al Turpial
Amargo, como el cacao, busca a la ardilla

Agloj cerró el libro y lo abrazó; era su primer contacto con algo real, no solo recuerdos. No leyó más. Comprendió que leer su diario le iba a mostrar quién era ella, y no leyó la última página, aunque tuvo ganas de hacerlo. Cada página del libro era de cartón, como el que se usa para colocar fotos en un portarretratos, de esos que se usan para enmarcar cuadros con vidrio. Sabía que en ese libro mágico iba a obtener respuestas de su familia y de ella. Y así, lo guardo en el lugar más seguro de su cuarto. Al estar segura del diario de su madre, Agloj corrió al bosque e invocó a los animales del verso:

                -Queridos amigos, vengan a conversar conmigo; hermano colibrí, hermano pelícano, hermano Turpial y hermana Ardilla, los convocó

Uno a uno fueron llegando, tres de ellos volando y la ardilla corriendo. A estar todos los dijo:

                -Necesito encontrar respuestas. Quiero que la concha de la naranja sea dulce como el azúcar o la miel. La cáscara es amarga.

                -Los pájaros de bosque no distinguimos el sabor dulce con la excepción de nosotros los colibríes. Mi vuelo es extraño, puedo aletear 14 veces en un segundo, lo que hace que pueda estar quieta en un punto sin caerme. No soy nerviosa, es solo mi naturaleza. El dulce nos hace felices. La abeja también vuela y sabe extraer el néctar de las flores y producir la miel. Lo dulce nos hace felices, le da sentido a volar, dijo el colibrí. La abeja que también había llegado asentía con su cabeza

                -“Es solo mi naturaleza”, repitió Agloj

                -Yo prefiero lo salado, dijo el gran pelícano blanco. –Como de los frutos de mar, la sal es necesaria para la salud; no se puede vivir sin la sal. Mi secreto es que la sal, hace sobresalir los sabores. Hasta los dulces necesitan un poco de sal para que sepan mejor. Yo vuelo alto y me lanzo en picada para entrar en el agua salada, que luego me hace flotar, dijo
                  -Los opuestos se complementan, dijo la maga

                - Yo prefiero picar las frutas, como a la naranja que es ácida y dulce por dentro. Yo no me como la concha que cae al piso y se pudre sirviendo de alimento a los propios arboles o dejando que sus semillas produzcan nuevos árboles. El ácido es bueno para comer, recuerda el vinagre, el limón, y la naranja misma. Los ácidos se mezclan con los dulces también y crean sabores deliciosos, dijo. - Mi vuelo es fantástico; mi color amarillo recuerda a los rayos de sol en el amanecer, completó el Turpial

                  -Se puede ser amargo y dulce a la vez, repitió a sí misma, la maga

                - Yo no soy un ave, dijo la ardilla. Sin embargo he aprendido a volar. Me paso de árbol en árbol y mi panza se abre como un plato y puedo planear. Eso me permite pasar de uno a uno sin caer al piso. Me gusta la cáscara de la naranja; es amarga pero deliciosa. A diferencia del turpial, me gusta la cáscara, dijo mirando al Turpial de reojo
               
                -Para ser mago blanco hay que aprender nuevas formas de volar, y dependiendo del vuelo, se usa lo dulce, salado, ácido o amargo, les dijo Agloj a los presentes, como quien ha aprendido algo importante y lo repite para que no se le olvide. -Existen esos cuatro sabores y ya sé también que más de la mitad de lo que sabe, es a lo que huele. Son los secretos de la cocina. Pero hoy, escuchándolos, puedo ver que los sabores también conviven; los ácidos y los dulces, igual que los amargos, continuó diciendo. 

               -Hay una quinta forma de volar, y es volar con todos. Respetando el amargo de la naranja, danzando lo el ácido y dulce de su interior, endulzando los medios de cocinar y con un toque de sal para resaltar el producto, concluyó. (A veces le parecía que lo que aprendía en la cocina, tenía que ver con la vida también)

Agloj agradeció a sus amigos del bosque y corrió a la cocina y preparar de nuevo la receta de la Tía Maruja pero esta vez con los secretos de los animales y del diario mágico de MT. Ya en la cocina, separó lo necesario y comenzó.

Seleccionó una a una las naranjas que iba a usar, como dos kilos. Una a una los pasó por el rallador para eliminarles el brillo de la naranja y favorecer la cocción. Las lavó bien y le extrajo el jugo, al partirlas en dos. Todas las medias naranjas fueron colocadas con un toque de bicarbonato, (dicen que ayuda a ablandar), en una olla grande que le colocó agua hasta tapar las mitades. Así, hirvieron por dos horas. Al enfriarse, les cambió el agua y las colocó en la nevera.

Durante cuatro días y sus noches, Agloj cambió el agua por agua fresca y nueva, comprimiendo las frutas con un pasapuré para eliminar un poco el amargo. Al cuarto día, Agloj probó la consistencia y lo amargo, y supo que estaba lista para la cocción final.

Esta vez cortó las mitades en finos pedazos como tiritas. Tapó con agua los dos kilos de cáscaras y lo llevó a hervor. Poco a poco agregó cuatro tazas de azúcar (la mitad del peso de la naranja, en azúcar), y cuatro cucharas de melaza de caña, así como media cucharadita de sal. Tuvo cuidado en no pasar demasiado la paleta en la olla para evita que se rompieran las cáscaras.

                -Son solo cuatro sabores y una fruta necesarios para hacer magia, dijo. 

Con este postre, Agloj nunca olvidó la diferencia. Ahora habla de los cinco sabores, al igual que de los elementos, que convoca al cocinar: del agua, lo salado; del fuego, lo ácido, de la tierra, lo amargo; del aire, lo dulce, y por último, el quinto, el de todos juntos.  Así es este dulce, el quinto elemento…





Referencias bibliográficas y fuentes:

28 de enero de 2018

Capítulo #3. Recetas de magia blanca y dulce

“Regálame una estrella”/ El dulce de lechosa

Agloj, la maga blanca y dulce amaneció muy contenta ese día pues iba a prepararle algo a su abuelito Jencaaz para el día de su cumpleaños. La fecha era mañana, pero quería anticiparse en buscar los materiales que iba a usar en su receta. Corrió donde su abuelito y le dio un abrazo, diciendo,

                -Buenos días abue, te quiero mucho, y le dio un abrazo mágico, (como todos los abrazos de amor parental)

                -Buen día querida Olga, ¿como amaneces hoy?, preguntó

                -Estoy muy emocionada porque quiero prepararte algo muy especial para tu cumpleaños

                - Solo quiero un abrazo fuerte como el de hoy y que salgamos a pasear al rio, a ver figuras en las nubles, acostados en la ribera, propuso

                -Si claro, dijo, pero me refiero a que me gustaría regalarte algo especial el día de mañana

                -Uhmm ya entiendo. ¿Algo que quiera? “Regálame una estrella”, contestó

                -¿Una estrella?, preguntó como esperando que le aclarara el tamaño de la petición que le hacía

Se vieron por un rato en silencio y viendo que no había aclaratoria alguna, Olga sonrió, lo abrazó de nuevo y se marchó

                -¿Dónde consigo una estrella?, ¿Cuál estrella?, ¿Uso la magia?, se preguntó repetidamente como con una gran duda. Y con su duda salió a buscar respuestas con sus amigos del bosque.

Caminó largo y corrido pensando en el regalo, hasta que el Rio Tigre le detuvo su andar. Haciendo honor al nombre, se encontró con el  Tigre, un animal grande y como con manchas moteadas, pero manso y amigable, como un gato grande, en este caso. Es de Guárico, pero se vino a vivirá Monagas con nosotros, porque por allá los están cazando para usar sus pieles.

-Hola Tigre, dime, ¿dónde consigo una estrella?

-Hola querida Olga. He visto estrellas en los uniformes de gentes que persiguen a los cazadores que nos matan. ¿Te sirve esa estrella?

-No creo que sea un regalo… pensó

Y llego el Colibrí y escucho la conversación.

                -Yo de noche no vuelo pero he visto miles en el firmamento. Todas son nuestras, a veces le pongo nombres de familia que ya no están. Le puedes regalar una estrella.

                -Si, buena idea, pero ¿cómo la bajo de tan alto? Y pensó también que cuando era más pequeña había tratado alguna vez, de atrapar a la luna

De repente en el río que venía del caño del río grande se apareció un manatí. Los manatíes son animales mamíferos extraños pues no tienen brazos, parecen ballenas por lo gordas, y con cara de cochino. Olga pensaba en forma graciosa de la misma manera, pero nunca se le hubiera ocurrido decírselo. El manatí agregó finalmente,

                -A veces voy al mar y converso con mis amigas las estrellas de mar. Parecen estrellas del cielo pero con cinco patas y hablan por debajo; no se les escucha mucho porque siempre están boca abajo. Si quieres invito a una para que las conozcas, le dijo

                -No creo, gracias. No las conozco pero no creo que abuelo quiera tener una, contestó

Y así, como llegó, regresó a casa. Tampoco pensaba en estrellas de cine que a veces veían en la televisión. Antes de entrar a casa, fue a visitar a la tía Maruja, que era una maga blanca y dulce, pero que en su caso, ella no tenía ni la menor idea que era una de ellas.
                -Hola Tía Maruja, ¿qué estás haciendo?, preguntó

                -Hola Olga, acabo de tomar esta fruta del jardín y me dispongo a prepararla como dulce. Es de los preferidos de la gente, seguro lo conoces, se llama “dulce de lechosa”
Y Olga cerró los ojos y recordó su infancia, las manos de su madre, los olores, las especias y recordó sus  sabores.

                -Si tía, me encanta. ¿Me puedo quedar a ver? , solicitó

La tía Maruja había recolectado varios productos que observó en la mesa de la cocina: la lechosa verde, agua, clavos de olor, azúcar, y papelón, un trozo. Cortó la lechosa lavada en tres trozos. Pero cuando Maruja volteó uno de los trozos de la fruta cortada, lo ojos de Olga crecieron como del tamaño de una parapara (semilla negra grande), y con cara de asombro dijo para si misma:

                -Encontré la estrella de abuelito, esta es perfecta…, exclamó


Y es que la lechosa cuando la cortas tiene forma de estrella. Era la estrella perfecta para el regalo; era dulce, era de su jardín (ojalá hubieran), era una cosa que podía hacer, y era algo que se acercaba a la solución del acertijo. Y así siguió observando.   
            
Maruja le quitó la concha o piel con un cuchillo, cuidando no cortar sus dedos. La lechosa era como de un kilogramo. A cada pedazo le sacó las semillas, una a una y la cortó en trozos pequeños como dados, más o menos. Los colocó en agua hirviendo hasta ablandarlos un poco. Poco a poco les agregó una taza de azúcar, unos clavitos de olor (especia), y dos cucharadas de papelón o melaza de caña. En la preparación, se desprende un olor mágico producto de la cocción de la fruta, el papelón y el clavito.

                - Gracias tía, me voy corriendo a casa a prepararla, y se despidió

En su jardín, consiguió la lechosa verde de un kilo, la peló, pero la cortó en trozos grandes como de un centímetro de ancho, porque en su acto de magia, iba a usar el molde de estrella de hacer galletas, para que lechosa verde le quedara con esa forma. Así lo hizo. A todos los pedazos los cortó con el molde, y los retazos fueron cortados en trocitos. Esta vez le colocó poca agua pues sabía que la lechosa aporta una parte en la cocción, y cocinó hasta que el líquido quedara como un melado espeso y de color ámbar, producto del papelón y del azúcar cuando se cocina.

Al enfriarse, Olga  colocó el postre en la nevera, bien guardado para que el abuelo no lo viera. A la mañana siguiente, Olga corrió y le dio un gran abrazo, como había pedido. Luego salieron a caminar hasta el rio y compartieron con el tigre, el colibrí y el manatí, las formas graciosas que tienen las nubes en su paso, pero esta vez, la pequeña maga, estuvo con una gran sonrisa y sin hacer preguntas.

Al regresar a la casa, Olga ya como Agloj, la maga blanca y dulce, hubo de servirle el regalo a su abuelo Jencaaz. Su abuelo al ver su regalo perfecto, sintió que subía por su piel, un rubor mágico, que solo el orgullo y los deseos cumplidos, pueden producir. Sin dudas, el rubor al llegar a los ojos, se volvió  mar.
-

Alberto Lindner (aprendiz de mago blanco y dulce) 

Imágenes:
Lechosa. Wikipedia (2018)
Estrellas. Foto propia



11 de enero de 2018

Capítulo 2. Recetas de magia blanca

Mandocas dulces de anís

Hoy, Olga Josefina cumple 15 años. Ya es una señorita, y su abuelo orgulloso, el mago Jencaaz, tiene pensado darle una sorpresa a su nieta; hoy será su iniciación como maga blanca y dulce. Hoy Olga, deberá escoger su alias, su avatar como maga que se inicia; pues como saben, todo mago debe tener un alias. Ellos viven en un bosque, aunque propiamente no es tal, sino que es tan virgen, que parece sacado de un cuento de la prehistoria. El río que pasa por su casa se llama Tigre, y desemboca en uno de los caños del río Orinoco, en su camino al mar. Todo el borde está lleno de palmeras, de esas que producen aceites; el mago sabe hacer mantequillas de ahí.

            -Querida nieta, hoy cumples 15 años y comienzas tu camino sola, como maga blanca aprendiz.

-¡Qué maravilla abuelo!, no me lo esperaba… y lo abrazó

-¿Ya sabes cuál va a ser tu nombre de maga blanca?, preguntó

            -No abuelo, aún no lo sé. Estoy tan emocionada, que creo que voy a llorar. Voy a salir a caminar a ver que me inspira

            -Cuando vayamos al río ya debes saber tu nombre. ¿Quieres que te ayude?, volvió a preguntar

            -No abuelito. Es un nombre que me va a acompañar, así que voy a buscarlo yo misma, contestó

Y así la joven que ya no era niña, salió a caminar por el bosque mágico. Trataba de recordar este día especial, a su madre. No recordaba mucho de ella, pero siempre que la pensaba, recordaba  al anís.  El anís es una semilla que viene desde el oriente asiático hasta la costa del mediterráneo oriental. De allí lo deben haber traído los padres de su mamá que venían de Asia o de Europa. El anís al cocinarse suelta unos aceites muy aromáticos que sirven para aliviar los gases que se forman en las tripas de las personas. Su abuelo Jencaaz, también sabe hacer bebidas que están prohibidas a los niños.

-Hola mamá, no te recuerdo mucho hoy; debo escoger un nombre para ser maga, susurró, entre lágrimas.

En ese momento pasó por encima de su cabeza como a diez metros, una hermosa águila de cabeza blanca, que no es usual en este bosque. Ella dijo,

 -ahhh una Aglo…Y ella sabía que ese era un nombre en alguna lengua extrajera que no recordaba bien, pero en cuyo nombre logró identificarse plenamente.
-Asi es. Me llamaré Agloj, como decir, Olga al revés, y con la jota que es la voz en plural de las águilas y además es la jota de Josefina...!perfecto...!, dijo

Así, se fue corriendo a la casa a contárselo a su abuelo,

-Abue, mi avatar será: Agloj, el águila blanca

-Excelente nombre hija; dijo como quién no necesita tener más explicaciones porque sabe más de lo que aparenta

Salieron entonces, abuelo y nieta a caminar al rio Tigre. Conversaron, se bañaron, rieron, cantaron. En algún momento Olga cantó una canción en un idioma extraño, pero el abuelo no dijo nada. Al atardecer, regresaron.

Al caer la tarde, susurró otra vez:
,
suno kiu lumigas
malvarmiganta suno
luno, kiu gastigas,
donu al ni vian protekton 

(sol que alumbra
sol que enfria
luna que abriga,
danos tu protección)

El recuerdo del olor y del sabor al anís no se había ido de su cabeza. Ya quería preparar algo con las semillas que tenía su abuelo en la cocina. Con el recuerdo del anís, llegó a su memoria una frase: “Mandocas dulces de anís” y pudo recordar a su madre preparándolas en algún lugar del estado Zulia, muy lejos de donde vivían ahora.

Con ese recuerdo revisó la cocina y pudo entender que tenía casi todos los ingredientes, al menos, el anís. Colocó sobre la mesa harina de maíz, harina de trigo, semillas de anís, vainilla, sal y una pasta negra que salía del proceso de la caña de azúcar que se llamaba, melaza de caña. Tomó una hoja de papel y escribió todo lo que se le ocurría, (así hacer los magos blancos y dulces; que se dejan llevar por la inspiración y por la intuición).

Comparó lo que estaba escrito en el papel con los ingredientes que estaban sobre la mesa y validó. Faltaban cosas y así salió a ver que le ofrecía la naturaleza, no sin antes tomar el balde para el ordeño. Primero, buscó un plátano muy maduro en el sembradío, (aquel que tiene la concha negra pero es maduro por dentro), y consiguió uno perfecto. Luego recogió un huevo fresco de gallina de las jaulas,  y de allí se fue directo a la vaca. Olga sabía ordeñar; lo aprendió muy chica de su abuelo. Con dos maños en las ubres, cantó nuevamente, en una secuencia rítmica, por una parte de quién ordeña y canta , y del sonido que produce el chorro, al caer en el tobo de metal.

Regresó a la casa y volvió a verificar lo que tenía con lo que estaba escrito. Antes de hacer la preparación, Agloj, tuvo que hacer queso cortado, para sustituir el que tenía el mago en la nevera.

-Lleva un litro de leche tibia, un poco de sal y se coloca a fuego medio en la estufa. Se revuelve por diez minutos y se corta con un limón. Se revuelve por diez minutos más y se deja reposar, se dijo como para estar segura. -Al enfriarse se pasa por un cedazo muy fino y se separan los sólidos y los líquidos, así lo hizo.

Agloj también trituró el plátano maduro hasta hacer una pasta. Finalmente, mezcló primero los sólidos, las dos harinas, el anís, la sal, un poco de azúcar y revolvió. Luego colocó el huevo, el queso, más o menos una taza, la taza de leche tibia, el plátano en compota, y amasó hasta obtener una masa que no se pegaba en los dedos. Tuvo que agregar un poco de harina adicional, para que no se pegara tampoco en la vieja tabla de madera de su abuelo. La tabla estaba teñida de sueños y esperanzas; por eso, era tan bueno amasar en ella.

Las mandocas de anís son como un abrazo, un sello, una alianza; es un compromiso. Alivia, alegra, agradece.

Ella tomó una porción y recordó sus juegos de niña con plastilina haciendo tiras de masa. Una a una las amasó, las estiró y suavemente la dobló y cerró como quién abraza. Tenía al final, todas tenían forma de lazo.
Colocó en el fuego un sartén con aceite muy caliente y las frió hasta que se pusieron doradas, crujientes y aromáticas. El olor era fantástico, tanto, que Jencaaz  fue hasta la cocina a conocer del hecho.

-¿Qué cocinas, Agloj?, preguntó

-Estoy haciendo las mandocas zulianas, con una receta que recuerdo, le respondió

-Uhmm de la tierra de tu madre, afirmó como quién sabe

-¿Cuándo me vas a contar sobre ella, abue?, preguntó la joven

Jencaaz cerró los ojos como para contener las lágrimas. Respiró profundo y le dijo que no tenía nada que decir, aun sin abrir los ojos.

Las mandocas dulces de anís, quedaron doradas, crujientes por fuera y blanditas por dentro. El sabor del plátano, el maíz y el anís estaba en equilibrio mágico, como debía ser.

Las colocó en una bandeja con servilletas de papel para retirar la grasa, a la vez que las espolvoreó con azúcar molida. Ese día, Jencaaz invitó a los vecinos, que no eran magos, para compartir la magia de la primera receta sola, de su nieta. Con las cantidades que usó, la joven maga obtuvo 30 mandocas.

Ese día también, el cielo estuvo de fiesta.

Agloj recogió la cocina, la limpió y arregló; también volvió a colocar el queso cortado que iba a sustituir. Pero dejó olvidada su nota donde escribió los ingredientes de la receta. Esa noche, su abuelo Jencaaz, que fue a la cocina a tomar agua, la vió brillar en la oscuridad; la leyó en voz baja, como susurrando, pues sabía que al leerla, lo iba a encantar:

Mandocas dulces de anís
Ingredientes:
1 taza de harina de maíz
1 taza de harina de trigo, pasada antes por el cernidor
1 huevo fresco
1 cucharadita de anís. (Mejor si hacemos una infusión en la taza de leche que lleva y deja enfriar)
1 taza de leche tibia (Puede tener el anís)
6 cucharadas de aceite
3 cucharadas de azúcar
Azúcar para espolvorear encima al gusto
4 cucharadas de melaza de caña
Pizca de sal
1 cucharadita de bicarbonato
1 cucharadita de vainilla
1 taza de queso cortado de leche, de más de un día de preparado
Amor

El abuelo, se estremeció al leer el último de los ingredientes




Fuente de la imagen: hablemosdeaves.com 

25 de diciembre de 2017

Recetas de magia blanca (1a parte)

Enrique era un mago, no cualquier mago; era un mago blanco. La magia blanca se contrapone a la negra, pues la blanca lo que busca es la prosperidad en la gente, alegría, amor, desarrollo mental y producir conexiones entre el cuerpo y el espíritu. Su nombre de mago era Jencaaz. (Todos los magos tienen un segundo nombre). Era la unión entre jengibre, canela y azúcar, que eran sus ingredientes favoritos; pero no se lo decía a mucha gente.
Jencaaz, había aprendido a cocinar, de su madre, que había sido maga blanca también, con aquellos secretos que los olores y sabores podían producir en otros. Ahora se dedicaba a hacer el bien y producir emociones positivas en las personas que olían y probaban sus platos, mayormente dulces. Había aprendido también, a cocinar sin harinas y sin azúcares para aquellos que lo necesitaban, y aun así, producir los resultados que querían o necesitaban. El mago no vivía solo, criaba a una nieta, llamada Olga, de tan solo trece años. Olga era una niña inquieta que estaba pendiente de lo que si abuelo hacía en la cocina.
-¿Cómo no salir impactada de lo que hace mi abuelo, si el olor se riega por toda la casa?, decía a sí misma.
Últimamente se dedicaba a jugar en identificar olores y acercarse a las proporciones mágicas, donde el resultado produce resultados fantásticos.
Cuando le preguntaban a Olga que iba a ser de grande decía sin dudar: -“Maga blanca”. Y es que ya sabía, que para los sustos era buena la canela, para el dolor de estómago, el anís; para el dolor de muelas, el clavo de olor, para la gripe, la miel de abejas. Además, ya veía a su abuelo Jencaaz, haciendo magia blanca en preparados dulces para: lograr  acuerdos, para curar el desamor, para alegrar, para emocionar, para darse cuenta de lo que los limita y ayudar a otros que se conecten con sus posibilidades y fortalezas. Olga era feliz en esa casa y en la querencia de pasar de aprendiz a maestro.
-Me he quedado sin algunos ingredientes, voy al mercado a buscarlos. Me falta el jengibre, la miel, la nuez moscada, la canela y los clavos de olor, para hacerte unas galletas. Te dejo media taza de leche caliente que le he agregado cinco cucharadas de cacao en polvo. Al llegar te preparo las galletas, le dijo
-Gracias abue, te voy a esperar, me encantan las galletas de jengibre.
Olga y su abuelo vivían en un bosque,cruzado por un río. En él  sin dudas, vivían personajes mágicos que merodeaban la casa y eran los que le entregaban las recetas a su abuelo.(suponía).  Había aprendido el secreto del observar la naturaleza con atención plena, la importancia que tiene el escuchar y el guardar  silencio. Olga nunca los había visto, (a los duendes), pero estaba segura de que existían. Puso la taza de chocolate tibio en la mesa a esperar que se enfriara. No se iba a tomar la bebida pues pensaba en las galletas que le había ofrecido Jancaaz y como las iba a mojar en su chocolate. Era la combinación perfecta: chocolate y galletas. Se sentó, cruzó los brazos sobre la mesa y comenzó a observar el humo que salía de la taza caliente. En su imaginación logró ver, formas, animales y duendes del bosque. Así, Olga se quedó dormida.
Al abrir los ojos, la niña se dio cuenta que no estaba en su casa; estaba en la mitad de un campo multicolor. Giraba sobre sus pies y podía ver cómo iban cambiando los colores, hasta que supo que había dado una vuelta completa, cuando los colores comenzaron a repetirse.
-¿Qué querrá esta niña en nuestro reino?, escucho a lo lejos, -¿a que habrá venido ahora?, escuchó una voz a sus espaldas. Cuando muchas voces se solaparon en preguntas, Olga llegó a levantar su voz:
-¿quiénes son ustedes que hablan todas a la vez? ¿Por qué no hablan una a una?, increpó con energía. -¡Yo solo estoy esperando que mi abuelo llegue y haga las galletas!, dijo
-¡Empiezo yo…!, se escucho una voz sola.
-¿Quién eres?, preguntó Olga
-Yo soy el trigo, el color amarillo, el este, el naciente. Soy el principio y el fin. Soy el mejor ingrediente de las galletas, dijo muy segura. Poseo el gluten que le dará viscosidad y elasticidad a tu masa. Además, te daré el color a sol tostado que tanto emociona a la vista. Mi olor es inconfundible, todos lo saben cuando horneo.
-Ah, el trigo, abuelo siempre hace el pan…, dijo
-Yo soy la avena, se sobrepuso otra voz. Tengo las mismas propiedades del trigo, más sin embargo solo saludables, pues ayudo a que mis alimentos absorban menos grasa, y por la fibra que tengo, mejoro la salud intestinal. Soy verde, soy el norte, de donde observo a las demás. Aporto energía extra y ayudo en la salud, a bajar las grasas. Las galletas de avena son las mejores, explicó
-Ahh, que rico, galletas de avena… crujientes afuera y blanditas adentro, pensó
-Yo soy el maíz, la tercera harina. Soy el oeste, la noche, soy el arcoíris. Nunca encontrarás granos de tan variados colores, desde el blanco hasta el morado. Soy la raíz de América, del sol tostado, del oro y el cacao. No tengo gluten. Pero tengo almidones que harán de tus galletas las mejores. El almidón espesa, suaviza y hará que tus galletas crezcan y se esponjen.
-Mi abuelo hace tortillas de harina de maíz, también arepas y empanadas. Es una harina que se tuesta en las grasas dejando un increíble sabor. Nunca he hecho galletas de maíz. Creo que abuelo tiene un frasco con maicena que viene del maíz, le dijo a la voz del poniente
-Yo soy el arroz. La mejor de las harinas, la blanca pura, la esperanza del mundo. Sin mí, habrían guerras y hambrunas. Soy el sur; la India y la China. Estoy en todo el mundo. No tengo gluten pero soy rica en almidón.  Mis comidas tampoco absorben grasas, ayudan a la salud, y ayuda a bajar el colesterol. Las galletas de arroz son famosas. Deberías usar el arroz…
- Ya me tienen confundida. Son cuatro harinas, multicolores. El arroz debe servir también a las galletas de mi abuelo, les dijo girando sobre sus pies para que todas la puedan escuchar
Al decir esto, sintió una cálida mano en su hombro que le decía:
-Olga, te has quedado dormida. Ya he llegado del mercado y conseguí todo para hacer las galletas de jengibre, aunque veo que no pudiste esperar y te las preparaste tu misma, dijo Jencaaz
-Hola abue. No las hice yo; la verdad es que tuve un sueño de harinas, olores y colores. Sabes, las harinas tienen su lugar, su color y bondades. He conocido a cuatro de ellas, el trigo, la avena, el maíz y el arroz. ¿Qué te parece usarlas todas?, le preguntó al abuelo
-¿Usarlas todas?, no sé, le dijo. Si tu no hiciste las galletas, ¿de dónde salieron?. ¿Vinieron contigo en tu sueño?. En la magia blanca todo es posible. ¡Veamos a que saben tus galletas multicolores…!, le dijo a Olga
Y tomó una y la probó. - Uhmm, tienen trigo, avena, maíz y arroz. Excelente mezcla. Además debe tener un poco de leche, y cacao mezclado. Tiene azúcar en polvo, vainilla y esencia de almendra, aclaraba. -¿Le agregaste tu leche con cacao?, le preguntó
- No abue, te digo que estaba dormida. No recuerdo. Yo no las hice, lo dijo con mirada inocente
- Te creo Olga. La magia ocurre. Nos ocurre. Vas a ser una gran maga…A través de la cocina y de los postres, podemos hacer que las cosas sean distintas y hacer el bien, mientras cocinamos...
Estas galletas de Olga no tienen los ingredientes que su abuelo fue a  buscar, sin embargo, es una receta mágica, que se logró hacer entre sueños, viajes, y aventuras mágicas
FIN

¿Te quedaste con las ganas de las galletas de Olga?. Pues te doy la receta:

GALLETAS CUATRO HARINAS
Ingredientes:
·         1 taza de harina de trigo (Taza tipo de café con leche)
·         1 taza de avena en hojuelas, tipo instantánea
·         1 taza de fécula de maíz, tipo maicena
·         1 taza de harina de arroz
·         1 huevo
·         Media taza de leche
·         5 cucharadas de cacao en polvo
·         1 cucharadita de vainilla
·         1 cucharadita de esencia de almendras
·         1 taza de azúcar impalpable o Nevazúcar
·         1 pizca de sal
·         1 cucharadita de polvo de hornear
·         1 cucharadita de bicarbonato de sodio
·         1 taza de margarina
·         3 cucharadas de aceite
·         1 cucharada de melaza de caña
Magia en la preparación:
Se colocan en un bol mediano las cuatro harinas, los polvos mágicos, el azúcar y la sal. Se mezcla bien. En una taza se coloca el huevo, los aromas y el aceite, y se bate un poco para romper la yema. La mantequilla se coloca en horno leve para que se disuelva sin calentarse mucho.
Se hace un cuenco en los sólidos y se coloca la mantequillas y el resto de los ingredientes. Se amasa hasta homogenizar. Se deja reposar media hora.
Al término se amasa con rodillo y se hacen las galletas; Olga las hizo con figuras de la fecha, corazones y estrellas. Se hornea a 380 º por 25 minutos.
Salieron 50 galletas. Se espolvorean un poco con azúcar piulverizada
Pura magia, el resultado